viernes, 12 de agosto de 2016

Esto pensé hoy

En mi infancia temprana, digamos que a los 6 o 7 años, sufría a veces ataques de llanto que duraban horas y que podían darse varias veces seguidas en poco tiempo. No recuerdo que era lo que iniciaba los llantos, pero si que cuando me preguntaban "por qué las lágrimas" mi respuesta era "No Se". Muchas veces lo que había disparado mi angustia era resuelto al instante, pero de todos modos mi llanto seguía por largos ratos. Ya nada podía detener esa angustia que me dominaba, que no entendía por qué sucedía y que los adultos no podían describirme como lo hacían con las demás cosas. Abundaban frases como: "Ya va a pasar", "Bueno, ya esta", "Si no sabés entonces no llores", "Lloras como una nena" (¡Como si el llanto fuese algo de genero!).
A los 8 tuve mis primeras sesiones de terapia, que por lo que recuerdo no eran muy productivas. Supongo que esos llantos fueron la razón por la que me mandaron a analizar. No recuerdo que hablaba con la psicóloga en ese tiempo, si recuerdo que jugaba con plastilina y otras cosas que había en el consultorio de la terapeuta. Las sesiones eran a la mañana y llegaba más tarde a la escuela por las sesiones de terapia. Recuerdo también que me daba una vergüenza terrible entrar al aula con todos ya metidos en la ardua tarea de cumplir con las expectativas del sistema educativo. Creo que es por eso que tuve durante años una aversión casi religiosa por los psicólogos. 
Lo cierto es que desde las sesiones mis llantos sin motivo aparente disminuyeron y a los 9 o 10 (dificil determinar con exactitud) empecé a escribir. Lo primero que puse en papel fue una especie de diario que llevaba con las cosas que me sucedían. Era una agenda vieja y verde que encontré en un cajón de mi mamá. Una vez un amigo vino a dormir a mi casa y vio el diario (no me acuerdo si se lo mostré, me pregunto o lo vio). Recuerdo que, como la terapia, en un principio me dio vergüenza, pero enseguida me di cuenta que algo que me hacía bien no debía avergonzarme y ahí fue que descubrí mi catarsis. Llevar ese diario me ayudo a entender que la felicidad es breve, que el resto del tiempo nos debatimos entre luchas de dominación y existencia, que la mayor parte del tiempo sobrevivimos y que vivimos en los ratos que quedan libres de opresión en un mundo capitalista.
En su momento nadie me explico que hacer con la angustia y encontré (por suerte o azar) una forma de expresar lo que me sucedía. Hoy sigo teniendo sensaciones parecidas y, aunque no son tantas las veces que lloro ni tan largos los llantos, muchas veces me encuentro debatiéndome entre la subsistencia y la existencia, la intrascendencia y la acción, la felicidad y la tristeza. Es esa eterna dualidad, en la que muchas veces me meto como si fuera un pasillo oscuro en el que tengo que moverme tanteando paredes con bultos y cosas que no puedo reconocer, la que si no me tomo el tiempo necesario para reconocerla, disolverla en palabras, en pensamientos o en ideas me hacen decir No Se.